Durante los meses de confinamiento vividos en 2020, en el que la pandemia ha azotado y paralizado despiadadamente nuestras rutinas, en las ciudades se han vivido, paradójicamente, hechos que ni los propios locales antes habían presenciado. Barcelona, en este caso, no se salva; para bien y para mal.

Discernir en alta definición la iglesia del Tibidabo desde la Eixample, ver la capa de polución diluida sobre el horizonte o avistar Mallorca desde los puntos más altos de la ciudad condal, se encuentran entre los hitos paranormales acontecidos en época de cuarentena. El quid de la cuestión es que nunca debieron volverse paranormales. Si algo ha demostrado Barcelona como Smart City es su voluntad de darle la vuelta a la tortilla. Y en eso está.

Movilidad urbana, la piedra en el tubo de escape

Con los datos de movilidad y transporte sobre la mesa, los hechos se explican solos. Según informaba El Periódico a finales de abril de 2020, antes de que se produjera el Estado de Alarma, un 37,7% de los desplazamientos en Barcelona eran vía transporte público, porcentaje que llegó a desplomarse -atención- hasta un 95%. Por su parte, el transporte privado, que representaba alrededor del 26%, salió más ileso, pero igualmente afectado. En resumen: miles de tubos de escape dejaron de escupir CO2 al cielo de la ciudad catalana dejando al descubierto que la contaminación es un problema que afecta seriamente a la ciudadanía.

Los datos son cuanto menos alarmantes, o no, si tenemos en cuenta que, en todo esto el gran perjudicado, es el planeta. A medida que la situación ha ido evolucionando hacia «La Nueva Normalidad» hemos visto dos cosas: que, en este sentido, la normalidad no es nueva, es la de siempre (volvemos a contaminar como antes. A finales de junio, Barcelona superó los límites de Óxido de Nitrógeno por metro cúbico marcados por la OMS). Y que, Barcelona, sigue empeñada en no quedarse de brazos cruzados.

Earth Overshoot Day 2020: seguimos a 18 años de regeneración

En realidad no deberíamos escudarnos únicamente en datos urbanos para justificar las actuaciones de movilidad por parte de un Ayuntamiento como el de Barcelona. Hay que hablar de cifras macro. De adónde vamos como mundo en pleno 2020. La dosis de perspectiva que necesitamos ahora tiene mucho que ver con qué intensidad seguimos marcando la huella ecológica. Según un informe oficial de overshootday.org, a principios de septiembre llegamos al #EarthOverhootDay, es decir, el día en que la humanidad agota los recursos naturales para el año. Mejor que el año pasado, pero peor que en 2004.

Es curioso y a la vez vertiginoso, ver que, incluso en un año de parón mundial como éste, no conseguimos reducir la deuda ecológica con resultados tan estrepitosos. Abordar un problema global sin perspectiva es puro maquineo; son realidades intrínsecas. A tenor de las lánguidas conclusiones extraídas en la COP25 Madrid celebrada a principios de año, ya vimos que para acelerar la transición climática no se estaba dando lo suficiente. Ahora, nos llega un nuevo toque.

Barcelona: más movimiento, menos humo

La implicación por parte del Ayuntamiento de Barcelona por querer revertir o, al menos, afrontar esas cifras, es total. Cualquier barcelonés que no haya leído el periódico, lo habrá visto igualmente. Mientras las cifras del uso de transporte público/privado aumentan paulatinamente, cantidades de medidas orientadas a reducir la contaminación ya se han puesto en marcha. Entre otros factores, su alta densidad de población (16.000 habitantes por Km2) exige abordar con lupa un concepto smart tan elemental como la movilidad.

Prohibido circular en coche por la calle, permitido jugar al pimpón

El cierre de tráfico semanal y mensual a algunas de las principales arterias de la ciudad han sido algunas de las primeras medidas drásticas que se han ejecutado desde el Ayuntamiento. Lo hemos visto con Vía Laietana, cuyo acceso se ha restringido a los coches cada sábado a partir de las 15 de la tarde desde la altura del Mercat de Santa Caterina (con la intención de que la medida no afectara directamente a los comercios). Lo mismo ha ocurrido -aunque en este caso, una vez al mes- con Gran de Gracia o Aragón: la estampa de ver familias paseando en plena calzada empieza a ser familiar.

https://www.barcelona.cat/obrimcarrers/es

barcelona.cat/obrimcarrers/es

Muchas de estas iniciativas se están enmarcando en el proyecto «Obrim Carrers«, que aboga por liberar de tráfico algunas de las principales calles de la ciudad para luchar contra la crisis climática. A día de hoy, según fuentes oficiales de barcelona.cat, con estas medidas se han llegado a liberar para uso vecinal un total de 209.780 metros cuadrados. El otro dato reseñable es que circularán por Barcelona 100.000 vehículos menos. Nos faltaría por averiguar, pues, la cantidad de toneladas de CO2 que nos ahorramos. Las cifras ayudan a concienciar; no hay motor (ecológico) más eficaz que ese. Como se ha demostrado en este caso, ponerlo en marcha está en manos de todos; gobiernos y ciudadanos.

Aceras más anchas porque los barceloneses no caben

Rescatando el dato de densidad de población del que «goza» Barcelona (16.000 habitantes por Km2), cabe preguntarse la importancia que puede tener una medida tan básica (bastante en consonancia con la anterior) como el hecho de ampliar aceras en época de pandemia. Y es que la distancia de seguridad en ocasiones resulta físicamente imposible de respetar.

En este sentido, Vía Laietana, una de las calles más transitadas de Barcelona, vuelve a ser el «conejillo de indias» sobre la cual ejecutar proyectos urbanos que contemplan redoblar el espacio de aceras. Como se puede observar en esta imagen (correspondiente a una simulación), la propuesta apostaría no solo por agrandar el amplio de aceras, sino en agregar un carril seguro para bicicletas. En pie continúa el proyecto de peatonalizar uno de los laterales de la Avenida Diagonal. Y, si nos ceñimos a calles que ya predican ese nuevo concepto de movilidad smart centrado en el ciudadano, encontramos la reciente actualización de la Calle Consell de Cent o, sin ir más lejos, los superbloques de la zona de Sant Antoni o Poblenou, a las que, por cierto, ya dedicamos un artículo.

Simulación carriles peatones. Imagen: Ajuntament de Barcelona

Carriles bici in crescendo

La señal inequívoca de que la bicicleta está cobrando importancia como medio de transporte referente en Barcelona es el crecimiento exponencial de su uso. Recientemente, desde el medio digital Metropoli apuntaban que el corredor Barcelona – Esplugues para bicis registraba más de 800 usuarios diarios. Es decir, un total de 300.000 bicis en el primer año de vida de la infraestructura. Estos datos ponen de manifiesto la creciente demanda que está experimentando la bicicleta como medio de transporte interno (incluso, periférico). Y como respuesta consecuente, y sin perder el hilo de las medidas anteriormente comentadas, los carriles bici siguen minando Barcelona con nuevos planes de correderos para bicicletas.

En este sentido, el Ayuntamiento está optando por incorporar y adaptar carriles compartidos. Tramos de las calles Castillejos, Indústria, Via Augusta, València, Meriadana o Gran Via siguen ampliando y mejorando su red con buenas garantías de circulación.

Impulsar los medios de transporte sostenibles y el desarrollo de tecnologías que amplíen las opciones de movilidad (aquí entra la infraestructura de recarga eléctrica en la ecuación) es clave para que una Smart City sume en la transición ecológica. Pese a que esta radiografía es muy global, no deja de mostrar cómo Barcelona no le gira la cara al cambio climático Está claro que una movilidad sostenible contribuye a reducir las emisiones nocivas, y por lo tanto, a disminuir la contaminación medioambiental, y a mejorar la calidad del aire y la vida en las ciudades. Casi tan claro como que la sostenibilidad tiene que empezar a entenderse como un negocio. La ceguera no solo nos deja atrás como ciudadanos del mundo. También lo hará como profesionales.